Ha comenzado la mayor festividad local, un evento que se prolongará durante diez días y que congregará a más de doscientas mil personas. Quienes crean que tal cita pudiera ser el Cristo de la Victoria, han de saber que hablamos del Salón del Automóvil, celebración que atrae a muchísimos más fieles y que provoca episodios de fervor rayanos en el misticismo.
Al igual que los musulmanes dan vueltas a la Kaaba en su peregrinación a la Meca, así los vigueses dan vueltas durante horas al recinto ferial de Cotogrande, con la vana intención de lograr una plaza de aparcamiento donde dejar su coche para ir a ver más coches.
En una ciudad a la que llaman el “motor industrial de Galicia”, donde la cuarta parte de la población vive del sector de la automoción, con Citroën y sus fábricas auxiliares, donde hay más de 150.000 vehículos matriculados, donde el tráfico se vuelve insufrible, donde los niveles de contaminación atmosférica por emisiones de tubos de escape provocan graves enfermedades —como ha demostrado la profesora Margarita Taracido en un estudio de la Facultad de Medicina de la Universidad de Santiago—, en esta ciudad, digo, la devoción popular suprema se manifiesta cada año, a comienzos del mes de mayo en el Salón del Automóvil, consolidado ya como el segundo de España en visitantes, tras el de Barcelona.
Vigo, que tiene bandera propia, podría adoptar como himno el reggaeton, y entonar con la mano en el pecho ese bello soniquete que reza: “¡A ella le gusta la gasolina! ¡Cómo le gusta la gasolina!”.
Porque no deja de resultar asombroso que un vigués medio, trabajador de Citroën, que se pasa la semana montando volantes en cadena, coja a su familia el domingo y se suba a Cotogrande a ver más volantes.
Algo enfermizo hay en ésta, nuestra pasión por la mecánica, en esta fervorosa entrega al mundo del motor, que justificaría que a nuestro escudo, junto al olivo y al castillo, añadiésemos un Citroën Berlingo. Porque, para ser justos, hay que decir que olivos, en la ciudad, quedan dos: el del Paseo de Alfonso y el de la iglesia de Bouzas. Y que castillo no conocemos ninguno, a menos que consideremos como tal a la fortaleza del Castro. Sin embargo, coches de Citroën tenemos por decenas de miles, además de haberlos producido por millones.
Pero, si es preciso revisar algunos símbolos vigueses, urge también cambiar el calendario festivo. Con permiso de San Roque y de Carolo, las fiestas locales deberían trasladarse a este mayo en que disfrutamos del Salón.
Con evidente cinismo, cada 28 de marzo celebramos la Reconquista, festividad que conmemora la expulsión de los franceses en el albor del siglo XIX. Un absurdo más de esta ciudad asombrosa que, curiosamente, vive ahora de los galos, representados por la fábrica de su emblemática marca del doble chevron.
Puede que esto nunca se haya escrito, pero es una verdad solemne: Si Cachamuiña viviese hoy, trabajaría en Citroën.
Enunciado el sacrilegio, profanada la memoria del héroe, sacudidos los cimientos de nuestra identidad, subamos al Ifevi a adorar al nuevo ídolo: el coche.
30 abr 2007
Lo que manda la "Pecsi"
"Mamá, papá, Pepsi". Éstas son las tres primeras palabras que el norteamericano Terry Wallis pronunció al despertar tras diecinueve años en coma. Para que luego digan que la publicidad no surte efecto.
El buen hombre se debió pasar dos décadas soñando con una Pepsi y se supone que la marca de cola le agasajará ahora con suministros de por vida de la bebida marró con burbujas.
En cualquier caso, no sería la primera vez. La marca de bourbon Southern Comfort enviaba cada semana varias cajas de su güisqui de Kentucky a Janis Joplin en homenaje a su fidelidad. La buena mujer se bebía una botella en cada concierto, agarrada al micrófono y a la garrafa, a partes iguales, mientras se desgarraba con “Cry Baby”. Que Janis muriese luego alcoholizada no desmerece el gesto de la firma de bourbon, nombre que por cierto hace homenaje a los Borbones, la dinastía a la que pertenece Juan Carlos I, tan entusiasta siempre de los espirituosos.
Lo malo es que “mamá, papá, Pepsi” suena más fuerte. Es como si Neil Amstrong hubiera dicho: “Es un pequeño paso para el hombre, y un gran paso para Michelin”. Y Kennedy se hubiera preguntado: “¿Qué pueden hacer América y Coca Cola por vosotros?” Mientras que Tila Kneipp podría haber patrocinado a Martin Luther King cuando proclamó: “I had a dream”.
Sin embargo, aunque no sean marcas convencionales, los discusos más brillantes de nuestros políticos están patrocinados por corporaciones. ¿Alguien cree que cuando Bush satanizaba a Sadam no estaba, en realidad, haciendo un anuncio de RSC?
El problema es que la mayor parte de la población no conoce la Raytheon Systems Company, porque no se anuncia por la tele. Sólo aparece patrocinando los discursos de Bush, porque RSC es la fabricante del misil “Tommahawk”. La empresa sirvió desde su factoría de Tucson (Arizona) miles de unidades de su producto estrella durante la invasión de Irak, al módico precio de 600.000 dólares por pepino, esto es cien millones de pesetas de las de antes.
Que Terry Wallis se destapase pidiendo una Pepsi, muestra que viene de otro tiempo. Ahora, los auténticos patrocinadores no se gastan un duro en publicidad, cuando pueden llegar directamente a los consumidores, que son los gobiernos.
Cuando Colin Powell defiende con dureza ante la ONU la importancia de garantizar la propiedad intelectual, el escritor se siente agradecido. Piensa que está hablando del autor de best-sellers y de la maldición del plagio. Pero, en realidad, está hablando de las industrias farmacéuticas que tienen patentado el cóctel de medicamentos contra el sida. Y son ellas las que presionan para que países como Sudáfrica no desarrollen sus propios fármacos “genéricos” con que atajar la enfermedad. Que sigan pagando “royalties” es el objetivo, por mucho que encarezcan un producto que los países en desarrollo, pese a la plaga, no pueden permitirse.
Últimamente, cuando escucho el discurso de un político, busco a su patrocinador. Y siempre lo encuentro, aunque lo escondan. Es la simple consecuencia de la plutocracia que, no se engañen, es el sistema en que vivimos.
El buen hombre se debió pasar dos décadas soñando con una Pepsi y se supone que la marca de cola le agasajará ahora con suministros de por vida de la bebida marró con burbujas.
En cualquier caso, no sería la primera vez. La marca de bourbon Southern Comfort enviaba cada semana varias cajas de su güisqui de Kentucky a Janis Joplin en homenaje a su fidelidad. La buena mujer se bebía una botella en cada concierto, agarrada al micrófono y a la garrafa, a partes iguales, mientras se desgarraba con “Cry Baby”. Que Janis muriese luego alcoholizada no desmerece el gesto de la firma de bourbon, nombre que por cierto hace homenaje a los Borbones, la dinastía a la que pertenece Juan Carlos I, tan entusiasta siempre de los espirituosos.
Lo malo es que “mamá, papá, Pepsi” suena más fuerte. Es como si Neil Amstrong hubiera dicho: “Es un pequeño paso para el hombre, y un gran paso para Michelin”. Y Kennedy se hubiera preguntado: “¿Qué pueden hacer América y Coca Cola por vosotros?” Mientras que Tila Kneipp podría haber patrocinado a Martin Luther King cuando proclamó: “I had a dream”.
Sin embargo, aunque no sean marcas convencionales, los discusos más brillantes de nuestros políticos están patrocinados por corporaciones. ¿Alguien cree que cuando Bush satanizaba a Sadam no estaba, en realidad, haciendo un anuncio de RSC?
El problema es que la mayor parte de la población no conoce la Raytheon Systems Company, porque no se anuncia por la tele. Sólo aparece patrocinando los discursos de Bush, porque RSC es la fabricante del misil “Tommahawk”. La empresa sirvió desde su factoría de Tucson (Arizona) miles de unidades de su producto estrella durante la invasión de Irak, al módico precio de 600.000 dólares por pepino, esto es cien millones de pesetas de las de antes.
Que Terry Wallis se destapase pidiendo una Pepsi, muestra que viene de otro tiempo. Ahora, los auténticos patrocinadores no se gastan un duro en publicidad, cuando pueden llegar directamente a los consumidores, que son los gobiernos.
Cuando Colin Powell defiende con dureza ante la ONU la importancia de garantizar la propiedad intelectual, el escritor se siente agradecido. Piensa que está hablando del autor de best-sellers y de la maldición del plagio. Pero, en realidad, está hablando de las industrias farmacéuticas que tienen patentado el cóctel de medicamentos contra el sida. Y son ellas las que presionan para que países como Sudáfrica no desarrollen sus propios fármacos “genéricos” con que atajar la enfermedad. Que sigan pagando “royalties” es el objetivo, por mucho que encarezcan un producto que los países en desarrollo, pese a la plaga, no pueden permitirse.
Últimamente, cuando escucho el discurso de un político, busco a su patrocinador. Y siempre lo encuentro, aunque lo escondan. Es la simple consecuencia de la plutocracia que, no se engañen, es el sistema en que vivimos.
12 abr 2007
Matadero 5
Ha muerto Kurt Vonnegut, que era uno de los más grandes escritores vivos. Me he enterado de la noticia en Canarias, esto es, una hora antes que si estuviese en Vigo. Y, antes o después, me ha hecho poca gracia.
Vonnegut no era popular, pero quien haya leído "Matadero 5" sabe de su grandeza. La novela fue publicada en 1969, cuando Vietnam era un infierno en el que morían miles de americanos, mientras otros miles marchaban sobre el Pentágono para exigir a su gobierno que parase aquella guerra estúpida.
"Slaughterhouse-Five", que así se llama en inglés la novela, es una diatriba contra la guerra, ambientada en el Dresde bombardeado por los aliados durante la II Guerra Mundial. En aquella ciudad alemana, arrasada de forma criminal, cayeron tantos proyectiles que su potencia destructora multiplica la de las bombas lanzadas en Hiroshima y Nagasaki. Pero tampoco es popular la tragedia de Dresde, porque los vencedores nunca quisieron reconocer que allí perpetraron una carnicería.
Kurt Vonnegut denuncia el horror de Dresde, pero termina por clamar contra todas las guerras, también contra la del Vietnam, vigente mientras escribía su novela.
Pero "Matadero 5" es mucho más. También es un texto existencialista, que reflexiona sobre la vida, sobre el optimismo aún en los momentos más difíciles.
Y es, además, una novela de ciencia-ficción. Hazte con ella (Anagrama), corre a leerla y descubre lo cojonudos que son los alienígenas del lejano planeta Tralfamadore.
Hoy ha muerto Kurt Vonnegut. En Irak, Afganistán o Sudán los mataderos siguen abiertos.
Vonnegut no era popular, pero quien haya leído "Matadero 5" sabe de su grandeza. La novela fue publicada en 1969, cuando Vietnam era un infierno en el que morían miles de americanos, mientras otros miles marchaban sobre el Pentágono para exigir a su gobierno que parase aquella guerra estúpida.
"Slaughterhouse-Five", que así se llama en inglés la novela, es una diatriba contra la guerra, ambientada en el Dresde bombardeado por los aliados durante la II Guerra Mundial. En aquella ciudad alemana, arrasada de forma criminal, cayeron tantos proyectiles que su potencia destructora multiplica la de las bombas lanzadas en Hiroshima y Nagasaki. Pero tampoco es popular la tragedia de Dresde, porque los vencedores nunca quisieron reconocer que allí perpetraron una carnicería.
Kurt Vonnegut denuncia el horror de Dresde, pero termina por clamar contra todas las guerras, también contra la del Vietnam, vigente mientras escribía su novela.
Pero "Matadero 5" es mucho más. También es un texto existencialista, que reflexiona sobre la vida, sobre el optimismo aún en los momentos más difíciles.
Y es, además, una novela de ciencia-ficción. Hazte con ella (Anagrama), corre a leerla y descubre lo cojonudos que son los alienígenas del lejano planeta Tralfamadore.
Hoy ha muerto Kurt Vonnegut. En Irak, Afganistán o Sudán los mataderos siguen abiertos.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)