"Mamá, papá, Pepsi". Éstas son las tres primeras palabras que el norteamericano Terry Wallis pronunció al despertar tras diecinueve años en coma. Para que luego digan que la publicidad no surte efecto.
El buen hombre se debió pasar dos décadas soñando con una Pepsi y se supone que la marca de cola le agasajará ahora con suministros de por vida de la bebida marró con burbujas.
En cualquier caso, no sería la primera vez. La marca de bourbon Southern Comfort enviaba cada semana varias cajas de su güisqui de Kentucky a Janis Joplin en homenaje a su fidelidad. La buena mujer se bebía una botella en cada concierto, agarrada al micrófono y a la garrafa, a partes iguales, mientras se desgarraba con “Cry Baby”. Que Janis muriese luego alcoholizada no desmerece el gesto de la firma de bourbon, nombre que por cierto hace homenaje a los Borbones, la dinastía a la que pertenece Juan Carlos I, tan entusiasta siempre de los espirituosos.
Lo malo es que “mamá, papá, Pepsi” suena más fuerte. Es como si Neil Amstrong hubiera dicho: “Es un pequeño paso para el hombre, y un gran paso para Michelin”. Y Kennedy se hubiera preguntado: “¿Qué pueden hacer América y Coca Cola por vosotros?” Mientras que Tila Kneipp podría haber patrocinado a Martin Luther King cuando proclamó: “I had a dream”.
Sin embargo, aunque no sean marcas convencionales, los discusos más brillantes de nuestros políticos están patrocinados por corporaciones. ¿Alguien cree que cuando Bush satanizaba a Sadam no estaba, en realidad, haciendo un anuncio de RSC?
El problema es que la mayor parte de la población no conoce la Raytheon Systems Company, porque no se anuncia por la tele. Sólo aparece patrocinando los discursos de Bush, porque RSC es la fabricante del misil “Tommahawk”. La empresa sirvió desde su factoría de Tucson (Arizona) miles de unidades de su producto estrella durante la invasión de Irak, al módico precio de 600.000 dólares por pepino, esto es cien millones de pesetas de las de antes.
Que Terry Wallis se destapase pidiendo una Pepsi, muestra que viene de otro tiempo. Ahora, los auténticos patrocinadores no se gastan un duro en publicidad, cuando pueden llegar directamente a los consumidores, que son los gobiernos.
Cuando Colin Powell defiende con dureza ante la ONU la importancia de garantizar la propiedad intelectual, el escritor se siente agradecido. Piensa que está hablando del autor de best-sellers y de la maldición del plagio. Pero, en realidad, está hablando de las industrias farmacéuticas que tienen patentado el cóctel de medicamentos contra el sida. Y son ellas las que presionan para que países como Sudáfrica no desarrollen sus propios fármacos “genéricos” con que atajar la enfermedad. Que sigan pagando “royalties” es el objetivo, por mucho que encarezcan un producto que los países en desarrollo, pese a la plaga, no pueden permitirse.
Últimamente, cuando escucho el discurso de un político, busco a su patrocinador. Y siempre lo encuentro, aunque lo escondan. Es la simple consecuencia de la plutocracia que, no se engañen, es el sistema en que vivimos.
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