30 abr 2007

La gran fiesta local

Ha comenzado la mayor festividad local, un evento que se prolongará durante diez días y que congregará a más de doscientas mil personas. Quienes crean que tal cita pudiera ser el Cristo de la Victoria, han de saber que hablamos del Salón del Automóvil, celebración que atrae a muchísimos más fieles y que provoca episodios de fervor rayanos en el misticismo.
Al igual que los musulmanes dan vueltas a la Kaaba en su peregrinación a la Meca, así los vigueses dan vueltas durante horas al recinto ferial de Cotogrande, con la vana intención de lograr una plaza de aparcamiento donde dejar su coche para ir a ver más coches.
En una ciudad a la que llaman el “motor industrial de Galicia”, donde la cuarta parte de la población vive del sector de la automoción, con Citroën y sus fábricas auxiliares, donde hay más de 150.000 vehículos matriculados, donde el tráfico se vuelve insufrible, donde los niveles de contaminación atmosférica por emisiones de tubos de escape provocan graves enfermedades —como ha demostrado la profesora Margarita Taracido en un estudio de la Facultad de Medicina de la Universidad de Santiago—, en esta ciudad, digo, la devoción popular suprema se manifiesta cada año, a comienzos del mes de mayo en el Salón del Automóvil, consolidado ya como el segundo de España en visitantes, tras el de Barcelona.
Vigo, que tiene bandera propia, podría adoptar como himno el reggaeton, y entonar con la mano en el pecho ese bello soniquete que reza: “¡A ella le gusta la gasolina! ¡Cómo le gusta la gasolina!”.
Porque no deja de resultar asombroso que un vigués medio, trabajador de Citroën, que se pasa la semana montando volantes en cadena, coja a su familia el domingo y se suba a Cotogrande a ver más volantes.
Algo enfermizo hay en ésta, nuestra pasión por la mecánica, en esta fervorosa entrega al mundo del motor, que justificaría que a nuestro escudo, junto al olivo y al castillo, añadiésemos un Citroën Berlingo. Porque, para ser justos, hay que decir que olivos, en la ciudad, quedan dos: el del Paseo de Alfonso y el de la iglesia de Bouzas. Y que castillo no conocemos ninguno, a menos que consideremos como tal a la fortaleza del Castro. Sin embargo, coches de Citroën tenemos por decenas de miles, además de haberlos producido por millones.
Pero, si es preciso revisar algunos símbolos vigueses, urge también cambiar el calendario festivo. Con permiso de San Roque y de Carolo, las fiestas locales deberían trasladarse a este mayo en que disfrutamos del Salón.
Con evidente cinismo, cada 28 de marzo celebramos la Reconquista, festividad que conmemora la expulsión de los franceses en el albor del siglo XIX. Un absurdo más de esta ciudad asombrosa que, curiosamente, vive ahora de los galos, representados por la fábrica de su emblemática marca del doble chevron.
Puede que esto nunca se haya escrito, pero es una verdad solemne: Si Cachamuiña viviese hoy, trabajaría en Citroën.
Enunciado el sacrilegio, profanada la memoria del héroe, sacudidos los cimientos de nuestra identidad, subamos al Ifevi a adorar al nuevo ídolo: el coche.

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