Cuando el ser humano se sube a un coche experimenta el proceso inverso de la mariposa: se convierte en un capullo. Basta tomar el volante y meterse en el tráfico para que te conviertas en un energúmeno. Los niños, antes incluso de que sepan que los reyes son sus padres, saben que son unos maleducados. Tras tanto contener tacos y barbaridades en casa, los llevan un día en coche y descubren al animal que les dio la vida. Chavales he visto tapándole los oídos al Power Ranger mientras su progenitor insultaba a gritos al taxista de al lado. ¡Qué léxico! ¡Qué palabras! ¡Qué riqueza linguística descubre el niño en ese momento precioso en que su padre se convierte en un vulgar conductor!
Soy de los que cree que si Benedicto XVI va en “papamóvil” no es por comodidad, sino para preservar su santidad. Porque si, en lugar de ir en la urna de marras, se pusiese al volante, no tardaría cinco minutos en convertirse en un monstruo. “¡Berzotas! ¡Inútil! ¿Dónde compraste el carné; en una feria, gilipollas?”, diría el Papa con el brazo por la ventanilla, hecho un basilisco. Y, no. El Santo Padre no está para ir por ahí mentándole a la gente a la santa madre. Por eso lo llevan en escaparate, como a los maniquíes de El Corte Inglés. Para que no se sulfure.
Conducir cambia a la gente. Por mucho que BMW se empeñe en convertirlo en un placer, lo cierto es que es un peñazo.
Ponerse al volante, por muy bucólico que lo pinten, es un tedio insoportable. Elton John, por ejemplo, acaba de poner a la venta su gran colección de automóviles. Y, ante la foto de los modelos deslumbrantes, algunos amigos se ensoñaban con la posibilidad de conducir alguno. El Lamborghini, el Ferrari, el Chevrolet... pura vulgaridad, en mi opinión.
A mí, lo único que me interesaba de la estampa era el Rolls Royce, y no porque naciese para rico, siendo pobre. La ventaja del Rolls es que te llevan, que no lo conduces, que para eso ya está Basilio, James o Ambrosio, que además te saca el surtido de Ferrero Rocher.
Elton John colecciona coches pero no tiene carné de conducir. Eso, en mi opinión, es inteligencia. Ponerse al volante es una ordinariez. Que, además, nos vuelve ordinarios. Lo elegante, lo fino, es tener auriga, cochero o chófer. Así ha sido siempre y así seguirá siendo. Por mucho que BMW repita su pregunta: "¿Te gusta conducir? Pues la respuesta es no. Y no sólo por comodidad. Para que no se me agrie el carácter.
30 jul 2007
24 jul 2007
La "teletubbie" de Neutrex
Recién aprobada la Ley de Igualdad, resulta que las mujeres no sólo no tienen más presencia en los consejos de administración, sino que su peso específico está en franca decadencia. Un informe de El País asegura que, en lo que va de año, se han caído un 20% de las señoras que ocupaban una silla en los consejos de las empresa del Ibex 35.
La cruda realidad se resume en el anuncio de Lejía Neutrex. Una señorita disfrazada de la princesa Amidala aparece en una cocina donde unos señores intentan poner una lavadora. Luego, como si fuera el Arcángel San Gabriel, proclama: “Vengo del futuro a traeros la solución en blancura”.
Ante semejante aparición mariana, la pareja no se altera en absoluto. Antes al contrario, toman el bote de lejía con grandes sonrisas y lo echan a la lavadora, como si fuese lo más normal del mundo.
Semejante comportamiento nos lleva a una primera conclusión: Los anuncios de detergentes y las películas porno las hacen los mismos guionistas.
La segunda evidencia resulta más preocupante. Es cierto que alguien viene del futuro para traernos la solución en blancura. Pero, ¿quién viene? Pues una mujer.
En el futuro, según Neutrex, podrás teletransportarte, viajar en el tiempo y vestirte de “teletubbie”. Pero las mujeres seguirán siendo las que ponen la lavadora.
Si nos fiamos de los augurios de Neutrex, la marginación femenina será tan inamovible como eso que sufren las mujeres cada cuatro semanas y que les resulta tan molesto. Ya saben, eso tan desagradable que padecen una vez al mes y les pone de tan mal humor...
Me refiero, por supuesto, a firmar la nómina, que según el Instituto Nacional de Estadística, en España sigue siendo un 30 por ciento más baja, por el mismo trabajo, para ellas que para ellos.
Hay quien, ante estos datos, pone el grito en el cielo. Pocas familias pueden contarse en España que no consideren que la mujer debe ser retribuida igual que el hombre por el mismo trabajo. Exigirle al empresario, al político o al prójimo en general suele ser bastante sencillo.
Lo malo es que la brecha salarial ya se arrastra desde el propio hogar. La pasada semana, leyendo un estudio sociológico sobre el botellón en Galicia, descubrí que las adolescentes reciben un 30 por ciento menos de paga semanal que los adolescentes. Es decir, ya en las mismas familias, que a veces protestan, se considera enteramente normal que los chicos —sin duda más derrochadores—, tengan más dinero en el bolsillo que las chicas. Ellos, pensarán los padres, al fin y al cabo están obligados a invitar. Y ellas, a ser invitadas.
O sea, que en casa, en la comida, se comenta lo feo que está que las mujeres cobren menos. Y luego, el domingo, a la nena, se le da menos paga. Si yo fuera tía es que me echaba al monte, si no fuera porque me temo que incluso allí me encontraría la teletubbie que viene del futuro a traerme la lejía para la colada.
La cruda realidad se resume en el anuncio de Lejía Neutrex. Una señorita disfrazada de la princesa Amidala aparece en una cocina donde unos señores intentan poner una lavadora. Luego, como si fuera el Arcángel San Gabriel, proclama: “Vengo del futuro a traeros la solución en blancura”.
Ante semejante aparición mariana, la pareja no se altera en absoluto. Antes al contrario, toman el bote de lejía con grandes sonrisas y lo echan a la lavadora, como si fuese lo más normal del mundo.
Semejante comportamiento nos lleva a una primera conclusión: Los anuncios de detergentes y las películas porno las hacen los mismos guionistas.
La segunda evidencia resulta más preocupante. Es cierto que alguien viene del futuro para traernos la solución en blancura. Pero, ¿quién viene? Pues una mujer.
En el futuro, según Neutrex, podrás teletransportarte, viajar en el tiempo y vestirte de “teletubbie”. Pero las mujeres seguirán siendo las que ponen la lavadora.
Si nos fiamos de los augurios de Neutrex, la marginación femenina será tan inamovible como eso que sufren las mujeres cada cuatro semanas y que les resulta tan molesto. Ya saben, eso tan desagradable que padecen una vez al mes y les pone de tan mal humor...
Me refiero, por supuesto, a firmar la nómina, que según el Instituto Nacional de Estadística, en España sigue siendo un 30 por ciento más baja, por el mismo trabajo, para ellas que para ellos.
Hay quien, ante estos datos, pone el grito en el cielo. Pocas familias pueden contarse en España que no consideren que la mujer debe ser retribuida igual que el hombre por el mismo trabajo. Exigirle al empresario, al político o al prójimo en general suele ser bastante sencillo.
Lo malo es que la brecha salarial ya se arrastra desde el propio hogar. La pasada semana, leyendo un estudio sociológico sobre el botellón en Galicia, descubrí que las adolescentes reciben un 30 por ciento menos de paga semanal que los adolescentes. Es decir, ya en las mismas familias, que a veces protestan, se considera enteramente normal que los chicos —sin duda más derrochadores—, tengan más dinero en el bolsillo que las chicas. Ellos, pensarán los padres, al fin y al cabo están obligados a invitar. Y ellas, a ser invitadas.
O sea, que en casa, en la comida, se comenta lo feo que está que las mujeres cobren menos. Y luego, el domingo, a la nena, se le da menos paga. Si yo fuera tía es que me echaba al monte, si no fuera porque me temo que incluso allí me encontraría la teletubbie que viene del futuro a traerme la lejía para la colada.
8 jul 2007
Morirse de lujo

A la pregunta de dónde preferiría que viajase su alma tras morirse, Groucho Marx no sabía dar una respuesta precisa: “Iría al Cielo, por el clima; y al Infierno, por las compañías”. Pese a que soy un completo descreído, comparto plenamente las ideas del cómico estadounidense. No tengo claro dónde deseo que vaya mi improbable alma, pero dudo también qué futuro será el mejor para mi cuerpo.
Leo en el diario que una empresa británica ofrece convertir las cenizas de tus seres queridos en una especie de diamantes falsos, que puedes conservar como objeto decorativo o lucirlos en las fiestas más selectas.
Otro artículo reseña que la Agencia Espacial Rusa (el mítico consorcio Energía) propone, a cambio de una millonada, poner tus cenizas en el espacio, donde serán dispersadas y, antes o después, caerán sobre la atmósfera formando, en las noches claras, bellísimas estrellas fugaces.
Ambas ideas me resultan francamente horteras. No veo honorable convertir al abuelo en bisutería, mientras que el polvo cometario que forma las lluvias de estrellas de las Leónidas o las Perseidas perdería toda su magia al estar mezclado con el fémur pulverizado de la tía Secundina.
Cierta leyenda urbana apunta a que Walt Disney ha sido criogenizado y que su cadáver se conserva ultracongelado como si fueran palitos de merluza del Capitán Pescanova. He averiguado recientemente que se trata de una patraña, pero curiosamente, durante décadas, ha resultado creíble.
Y es que, ya desde el Egipto de los faraones, los poderosos han logrado dar un final fastuoso a sus despojos, construyéndose pirámides, templos funerarios, monasterios, criptas, panteones... De Tutankamón a Lenin, a los mandamases siempre les ha gustado momificarse.
Pero, aunque el día sea propicio, será mejor que no hablemos hoy de momias. Hablemos de lo repulsiva, lo obscena que resulta la fastuosidad de la muerte en nuestra sociedad y lo triste que aparece en la mayor parte del mundo.
El otro día me reencontré con mi genial colega Javier Teniente, un fotógrafo genial al que es raro ver por Vigo, siempre de viaje por las cuatro costuras del globo. En sus retratos, en los que huye del morbo y evita las escenas crudas, aparecen los muertos del Índico, de Palestina, del Huracán Mitch o de Ruanda como lo que son, cuerpos sin vida, sin adorno alguno.
Me llaman la atención sus imágenes de la muerte en África, donde no se pueden permitir el mínimo lujo para enterrar a los suyos.
Y concluyo que no sólo en nuestra forma de vida, sino también nuestra forma de muerte, estamos muy por encima de la mayoría de nuestros congéneres.
La opulencia con que vive el primer mundo es un insulto a la miseria, al hambre en la que viven la mayoría de los humanos sobre la Tierra. Aunque suene a discurso caduco, nuestras necesidades consumistas son tan falsas como un atentado moral frente a quienes no tienen ni cómo alimentarse.
Pero hasta después de muertos, en nuestros fastos funerarios, insultamos a tres cuartas partes del Planeta. Si los pobres del mundo, que son mayoría, vieran cómo vivimos —pero también como morimos— se deprimirían. Si no lo hacen, es porque en África no se distribuye el Prozak.
Leo en el diario que una empresa británica ofrece convertir las cenizas de tus seres queridos en una especie de diamantes falsos, que puedes conservar como objeto decorativo o lucirlos en las fiestas más selectas.
Otro artículo reseña que la Agencia Espacial Rusa (el mítico consorcio Energía) propone, a cambio de una millonada, poner tus cenizas en el espacio, donde serán dispersadas y, antes o después, caerán sobre la atmósfera formando, en las noches claras, bellísimas estrellas fugaces.
Ambas ideas me resultan francamente horteras. No veo honorable convertir al abuelo en bisutería, mientras que el polvo cometario que forma las lluvias de estrellas de las Leónidas o las Perseidas perdería toda su magia al estar mezclado con el fémur pulverizado de la tía Secundina.
Cierta leyenda urbana apunta a que Walt Disney ha sido criogenizado y que su cadáver se conserva ultracongelado como si fueran palitos de merluza del Capitán Pescanova. He averiguado recientemente que se trata de una patraña, pero curiosamente, durante décadas, ha resultado creíble.
Y es que, ya desde el Egipto de los faraones, los poderosos han logrado dar un final fastuoso a sus despojos, construyéndose pirámides, templos funerarios, monasterios, criptas, panteones... De Tutankamón a Lenin, a los mandamases siempre les ha gustado momificarse.
Pero, aunque el día sea propicio, será mejor que no hablemos hoy de momias. Hablemos de lo repulsiva, lo obscena que resulta la fastuosidad de la muerte en nuestra sociedad y lo triste que aparece en la mayor parte del mundo.
El otro día me reencontré con mi genial colega Javier Teniente, un fotógrafo genial al que es raro ver por Vigo, siempre de viaje por las cuatro costuras del globo. En sus retratos, en los que huye del morbo y evita las escenas crudas, aparecen los muertos del Índico, de Palestina, del Huracán Mitch o de Ruanda como lo que son, cuerpos sin vida, sin adorno alguno.
Me llaman la atención sus imágenes de la muerte en África, donde no se pueden permitir el mínimo lujo para enterrar a los suyos.
Y concluyo que no sólo en nuestra forma de vida, sino también nuestra forma de muerte, estamos muy por encima de la mayoría de nuestros congéneres.
La opulencia con que vive el primer mundo es un insulto a la miseria, al hambre en la que viven la mayoría de los humanos sobre la Tierra. Aunque suene a discurso caduco, nuestras necesidades consumistas son tan falsas como un atentado moral frente a quienes no tienen ni cómo alimentarse.
Pero hasta después de muertos, en nuestros fastos funerarios, insultamos a tres cuartas partes del Planeta. Si los pobres del mundo, que son mayoría, vieran cómo vivimos —pero también como morimos— se deprimirían. Si no lo hacen, es porque en África no se distribuye el Prozak.
4 jul 2007
Ligar en la oficina

Un estudio de la Unión Europea proclama que ligar en el trabajo es sanísimo. Que las parejas que se forman en el ámbito laboral no sólo son más duraderas, sino que resultan más rentables al empresario. Que se compenetran —con perdón— mucho mejor. Y que, lejos de perseguir el ligue entre asalariados, las empresas deberían promoverlo, en su propio beneficio.
Estas brillantes conclusiones ya las había yo observado por mí mismo. Que era llegar chica nueva a la oficina y, aún no llamándose Farala ni ser divina, había compañeros que se mostraban inusualmente solícitos y trabajadores. Y frecuentaban más la máquina del café. Que los veías allí, con aquellos ojos de insomnio, esperando a la nueva y te daban hasta miedo. Y a Peláez, vamos a decir, que tanto le olían los pies, pues dejaban de olerle.
Personalmente, al ver a una compañera de trabajo veo sólo eso: una compañera de trabajo. No me la imagino en picardías. Pero, según el estudio de la Unión Europea, la mayoría de mis compañeros piensan en otra cosa. Que, si les piden un “Post it”, es que ya significa algo. Y no digamos un “tippex”, que hasta tiene nombre de marca de preservativos.
En mi candidez, a mí me ha llegado a decir alguna compañera si no notaba muy fuerte el aire acondicionado. Y yo, que no. Que no lo notaba nada fuerte. Y seguir a lo mío, que para eso me pagan. A lo que enseguida llegaba el compañero de turno: “¡Ahí va, lo que te ha dicho la Farala!” Y tú, allí, ajeno a aquellas rijosidades. Aburrido, incluso, cuando tus compañeros es que están viviendo una telenovela.
Claro que, si las relaciones en el trabajo son buenas para la gente y para la empresa, yo no tengo nada en contra. Ahora que, como la cosa dure, y la gente tenga hijos, debe ser terrible. Por los hijos. Los grandes damnificados. Que desde el desayuno, con los Krispis, se tienen que comer el rollo de la empresa. Y que los niños se acaban sabiendo de memoria los nombres de todos los jefes de sus padres, como si fuese la lista de los Reyes Godos.
A los hijos de pareja de funcionarios, en lugar de salir a jugar al parque, les dan ganas de cogerse un moscoso. Que se acaban sabiendo de memoria toda la legislación. Y, en el colegio, además, tienen que aguantar los chistes, como el de la panadería: “Deme una barra de pan y un funcionario”... “Ya le he dicho, señora, que se llaman baguetes”.
Un trauma es para los niños lo de los padres que son compañeros de trabajo. Y peor aún en la edad en la que empiezan a hacer preguntas. ¿Y vosotros, cómo os conocisteis? Y, claro, ¿quién le va a contar lo de la cena de Navidad aquella, y el coche con los vidrios empañados? Porque las parejas de trabajo todas empiezan en una cena de Navidad contándose chistes del jefe y terminan en un coche con los cristales empañados. Y esto está demostrado, aunque no sea por la Unión Europea.
En todo caso, a mí me da que las parejas de trabajo esconden cierta vagancia. Que, por no andar por ahí, hay quien acaba saliendo con la impresora. Sobre todo con las de chorro, que son muy fogosas.
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