8 jul 2007

Morirse de lujo


A la pregunta de dónde preferiría que viajase su alma tras morirse, Groucho Marx no sabía dar una respuesta precisa: “Iría al Cielo, por el clima; y al Infierno, por las compañías”. Pese a que soy un completo descreído, comparto plenamente las ideas del cómico estadounidense. No tengo claro dónde deseo que vaya mi improbable alma, pero dudo también qué futuro será el mejor para mi cuerpo.
Leo en el diario que una empresa británica ofrece convertir las cenizas de tus seres queridos en una especie de diamantes falsos, que puedes conservar como objeto decorativo o lucirlos en las fiestas más selectas.
Otro artículo reseña que la Agencia Espacial Rusa (el mítico consorcio Energía) propone, a cambio de una millonada, poner tus cenizas en el espacio, donde serán dispersadas y, antes o después, caerán sobre la atmósfera formando, en las noches claras, bellísimas estrellas fugaces.
Ambas ideas me resultan francamente horteras. No veo honorable convertir al abuelo en bisutería, mientras que el polvo cometario que forma las lluvias de estrellas de las Leónidas o las Perseidas perdería toda su magia al estar mezclado con el fémur pulverizado de la tía Secundina.
Cierta leyenda urbana apunta a que Walt Disney ha sido criogenizado y que su cadáver se conserva ultracongelado como si fueran palitos de merluza del Capitán Pescanova. He averiguado recientemente que se trata de una patraña, pero curiosamente, durante décadas, ha resultado creíble.
Y es que, ya desde el Egipto de los faraones, los poderosos han logrado dar un final fastuoso a sus despojos, construyéndose pirámides, templos funerarios, monasterios, criptas, panteones... De Tutankamón a Lenin, a los mandamases siempre les ha gustado momificarse.
Pero, aunque el día sea propicio, será mejor que no hablemos hoy de momias. Hablemos de lo repulsiva, lo obscena que resulta la fastuosidad de la muerte en nuestra sociedad y lo triste que aparece en la mayor parte del mundo.
El otro día me reencontré con mi genial colega Javier Teniente, un fotógrafo genial al que es raro ver por Vigo, siempre de viaje por las cuatro costuras del globo. En sus retratos, en los que huye del morbo y evita las escenas crudas, aparecen los muertos del Índico, de Palestina, del Huracán Mitch o de Ruanda como lo que son, cuerpos sin vida, sin adorno alguno.
Me llaman la atención sus imágenes de la muerte en África, donde no se pueden permitir el mínimo lujo para enterrar a los suyos.
Y concluyo que no sólo en nuestra forma de vida, sino también nuestra forma de muerte, estamos muy por encima de la mayoría de nuestros congéneres.
La opulencia con que vive el primer mundo es un insulto a la miseria, al hambre en la que viven la mayoría de los humanos sobre la Tierra. Aunque suene a discurso caduco, nuestras necesidades consumistas son tan falsas como un atentado moral frente a quienes no tienen ni cómo alimentarse.
Pero hasta después de muertos, en nuestros fastos funerarios, insultamos a tres cuartas partes del Planeta. Si los pobres del mundo, que son mayoría, vieran cómo vivimos —pero también como morimos— se deprimirían. Si no lo hacen, es porque en África no se distribuye el Prozak.

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