24 ago 2007

Soy un filántropo

A riesgo de parecer inmodesto, confieso que soy fumador. Ya sé que no debe utilizarse un artículo para el autobombo, pero no me resisto a declarar que consumo más de dos cajetillas diarias.
Pueden llamarme vanidoso, pero les diré que no sólo tengo este buen hábito, sino que hay gente que, por halagarme, dicen que fumo como un carretero o me comparan con una chimenea. Intento yo no hacer caso de estos elogios, y hacer una vida normal, sin que se me suba a la cabeza mi tabaquismo.
Porque soy fumador y, desde que el Gobierno ha aprobado financiar la Sanidad subiendo los impuestos que gravan el tabaco, me siento un prócer, un filántropo, un fomentador.

Mucha gente, que antes despreciaba a los fumadores, los señala ahora por la calle: “Mira, Pepito, aquel señor que va por allí es un fumador”, le dice el padre a su hijo. El niño queda admirado.
Vas ahora fumando por la calle y te dan ganas de llevar sombrero de copa e ir saludando a los viandantes. ¡Cómo te miran! ¡Con qué agradecimiento! Bien saben ellos que nosotros, con nuestro hábito, estamos levantando el país.

Después de tantas persecuciones, es hora de presumir. Porque dan ganas de ir a los hospitales a chulear. Entras en el Xeral, fumando un puro, y te vas directamente a los operados de apendicitis. ¿Qué, le tratan bien, buen hombre?, le preguntarás al paciente, entre bocanada y bocanada. Porque sepa usted que, esa operación de usted, se la pago yo..., le insistirás. Al salir del cuarto, ordenarás al ATS: Que no le falte de nada a este señor...

En la puerta de visitas, te bastará ir fumando una faria para que te dejen entrar sin pase. Como si fueras donante de sangre. Adelante, adelante, está usted en su casa de usted, señor fumador, te dirá el celador. Y tú allí, echándole el humo en toda la cara, mientras los familiares de la sala de espera se te acercan: Gracias, gracias, señor fumador, lo que usted está haciendo por nosotros...

Ser fumador pronto habrá que reseñarlo en el curriculum. Y hacerse tarjetas de "Fumador empedernido", que ya es como tener un máster.

Le estamos pagando la Sanidad a todos los españoles y ha llegado la hora de enorgullecerse. Es por ello que no se entiende que el Gobierno haya prohibido fumar en los puestos de trabajo. ¿No se dan cuenta de que, con esas restricciones, podría ser que fumásemos menos? ¿Cómo, entonces, íbamos a poder financiar nuestro sistema público de salud?

Algunos tenemos que llevarnos deberes para casa y fumar de madrugada lo que no pudimos en el trabajo. Todo para que no le falte una operación de anginas o de varices a quienes las necesitan.

Creo yo que esta prohibición ha tenido que ser dictada por los típicos fumadores pasivos. Ya saben a qué me refiero... Esa gente insolidaria, que fuma, pero de gorra, sin pagar un duro, y no contribuye a financiar nuestro sistema estatal de salud. Por su culpa, muchos tenemos que fumar más del doble de lo que quisiéramos. De hecho, hay momentos en que yo, sin apetecerme, me fumo algún pitillo: "Este --digo-- para los fumadores pasivos".
Unos aprovechados son estos señores, que además aún se quejan... Si todos fuéramos como ellos, ¿quién iba a pagar la Sanidad?
¡Qué bonito es ser fumador pasivo y que toda esa gente fume para ti! Y, luego, aún querrán operarse de algo... Aunque por mí, que se operen. Los filántropos somos así.

20 ago 2007

Romanos visionarios

Desde que, en 476, fue depuesto Rómulo Augustulo el mundo no ha dejado de empeorar. Rendido nuestro Imperio a las hordas germánicas, la decadencia se instaló sin remedio, pese a cierta apariencia de progreso técnico y científico. Cierto que hoy surcamos el cielo en aviones o podemos poner a un hombre en la Luna, pero cuando los romanos hacían un acueducto en Segovia, éste perduraba durante siglos, mientras que cuando hoy hacemos un túnel del metro en Barcelona, media ciudad se viene abajo.
El Coliseum de Roma tal vez no podrá compararse con el estadio do Dragão o el Nou Camp, pero lleva en pie dos mil años, sin que, como Wembley o Heyssel, deba ser demolido por problemas de aluminosis o fatiga de los materiales. Estos toscos ejemplos demuestran que los romanos hacían las cosas mucho mejor que nosotros.
Buena prueba de ello la encontramos en Vigo, ciudad que durante el Imperio era una pequeña villa llamada, muy probablemente, Vicus Helleni. Aquellos vigueses romanizados se dedicaban al comercio y a la pesca, actividades que alimentaban una poderosa industria de la salazón que exportaba pescado a Lusitania y aun a la Bética.
Vestigios arqueológicos en el centro, ánforas descubiertas en la Ría y los tanques de salazón hallados en Alcabre y Mirambel, dan fe de aquel poderío .
Sin embargo, lo más asombroso de aquella época es el carácter visionario que tenía este pueblo. Capaces de leer el destino en el vuelo de los pájaros, asesorados por toda suerte de augures, los romanos lograban algo verdaderamente sorprendente: Sólo construían en terrenos que, dos mil años después, fueran a ser de propiedad pública.
Este fenómeno, no suficientemente estudiado, explica por qué las salinas, los tanques de conserva, los mosaicos y, en definitiva, casi todos los restos arqueológicos que hoy conocemos en Vigo hayan sido descubiertos en obras para administraciones públicas.
Así ocurre, por ejemplo, con la importante villa y fábrica de salazón hallada cuando se construía el centro de salud de Rosalía de Castro.
¿Por qué apareció ahí y, sin embargo, no se encontró un solo resto arqueológico en las obras del vecino aparcamiento subterráneo? ¿Por qué no se conoce una moneda, un ánfora, el resto de un muro, un castro encontrado en los muchos edificios de nueva planta de la zona? La respuesta es obvia: Los romanos ya sabían, cuando construían, qué terrenos iban a ser públicos en el futuro y, no queriendo comprometer a los promotores inmobiliarios, se cuidaban de levantar sus casas, monumentos o fábricas en fincas que, el día de mañana, fuesen urbanizaciones privadas.
Es así, también, cómo ha aparecido un completo poblado romanizado bajo el Museo del Mar, en Alcabre, y jamás se ha encontrado nada en las obras de los numerosos chalés privados contiguos a este edificio.
Sabiendo que la futura ley obligaría a los constructores a hacer catas arqueológicas o a parar sus obras para rescatar restos valiosos, los romanos elegían las fincas con esmero y sólo construían en solares que, en el futuro, fuesen colegios, centros de salud, museos o delegaciones de ministerios.
A la espera de que los ciéntíficos hagan un estudio más prolijo del fenómeno, quedamos de nuevo maravillados con el carácter visionario de nuestros antepasados.
A un tiempo, entendemos que los inspectores de Patrimonio ya debían conocer de antiguo esta curiosa cualidad de los romanos, habida cuenta de que nada despierta sus sospechas.

15 ago 2007

La ISO 400.000

Andan encantados los paleontólogos de Atapuerca porque han encontrado un hacha de hace cuatrocientos mil años. Y es normal. Porque si te la compras en Leroy Merlin no te dura ni mil. Tras tanto hablar de la fiabilidad japonesa o alemana, la verdadera calidad hay que buscarla en los trogloditas. Si el hombre de las cavernas fabricaba un hacha, ésta se conservaba cuatro mil siglos, sin necesidad de sellarle la garantía. Y desde entonces, desde aquel oscuro albor de la Humanidad, todo ha ido a peor.

Cierto que Atapuerca debía ser la Nueva York del Paleolítico. Que por la cantidad de fósiles allí encontrados, aquello debía ser la meca de la Edad de Piedra. Y que debían llegar "homo habilis" de todo el mundo para ir de compras de abalorios y taparrabos, salir a cenar a un Mac Mut o acudir a la caverna a ver pinturas rupestres como hoy se va uno al Guggenhein o al MOMA.

Pero, aunque no lo parezca, algo ha cambiado en los últimos cuatrocientos mil años. Y es, fundamentalmente, la calidad. Porque en lo que te compras en la Nueva York de hoy sabes que no te durará ni diez años. Si es ropa, en un verano habrá pasado de moda. Y si es un artilugio tecnológico cascará antes de pasados cinco.

Por poner un ejemplo, mi compañía telefónica me llamó el pasado martes sugiriéndome cambiar de móvil. Lo que me lleva a pensar que mi teléfono se estropeará en los próximos días. Según supongo, los celulares son fabricados para que tengan una vida limitada, al objeto de que haya que comprar uno nuevo cada cierto tiempo. Una amiga me confirma que los electrodomésticos de gama blanca, como lavadoras, lavaplatos y neveras, son diseñados para que no duren más de diez años. A partir de entonces, comienzan a dar problemas.

Nos venden, por tanto, productos deliberadamente defectuosos. En sus tripas, habita una bomba de relojería. Y, en un tiempo más o menos fijo, compraremos otro, ya que las compañías se encargan de que el arreglo sea casi más caro que la sustitución.

A esto, en el Paleolítico, lo llamarían estafa. Y el troglodita se presentaría en casa del fabricante de puntas de flecha para poner el gruñido en el cielo.

Pero hoy, no. Actualmente, todo está permitido, si da beneficios. Y al igual que en Atapuerca puede encontrarse un hacha de hace cuatro mil siglos, o aún hoy podemos hallar una espada romana, veo difícil que dentro de doscientos años quede algún resto de un teléfono móvil. Vamos a peor, no hay duda. Está claro que, hoy en día, nadie aprobaría la ISO-400.000.

6 ago 2007

Mentiras sobre la Luna

Las empresas de sondeos, entendidos como “de opinión”, y no los que realiza Pilotes Posada, están empeñadas en decirnos qué piensan los norteamericanos. Vivimos bombardeados por estadísticas sobre la posición de los yanquis ante guerras, conflictos y debates. La opinión del estadounidense se sondea minuciosamente y se nos sirve al mundo para que espejemos en ella nuestras propias ideas. Nadie sabe qué piensan los daneses o los filipinos, pero todos sabemos las creencias que cimentan la vida del último granjero de Arkansas.

Gracias a esta obsesión estadística, nos alarmamos de que los yanquis no sepan cuál es la capital de España. Cuando los españoles no sabemos en qué estado se enclava Nueva York, cuál es su capital, o qué significan las siglas D.C. que acompañan al nombre de Washington. La ignorancia de los demás da mucha risa, mientras la nuestra es siempre perdonable.

Una de las estadísticas más sorprendentes es la que dice que casi la mitad de los norteamericanos no cree en la evolución de las especies. Para ellos, las teorías de Darwin son puro cuento, al punto de que hasta los años setenta estaba vetada su enseñanza en la mayoría de las escuelas del Medio Oeste. Los americanos no creen en esto. En que el hombre venga del mono y, algunos, los sábados por la noche, incluso del anís del Mono.

Pero la última encuesta de los EEUU ha logrado movilizar hasta a la NASA. Buena parte de los americanos no se creen que el hombre haya pisado la Luna. Consideran el programa Apollo un montaje de la CIA. Y que el gran paso de Neil Amstrong fue grabado en un estudio de televisión.

Cierto que, aquí mismo, en Galicia, hay muchos abuelos que comparten esta teoría. Pero en Houston han decidido que tienen un problema. Y han encargado a reputados expertos que demuestren que la Luna ha sido ya pisada por el hombre, a la espera de que algún día la pise también la mujer. La cosa es pisar, como se observa, que es lo que es lo que nos gusta hacer cuando llegamos a nuevos territorios.

Lo curioso es que tanta gente no se crea que hemos llegado a la Luna y que fuesen tantos los convencidos de que Sadam Husein tenía armas de destrucción masiva. El tirano iraquí tenía un arsenal jamás visto, sin que nadie entre quienes inventaron tal patraña haya pagado con su cargo por mentir con resultado de guerra .

Tener armas de destrucción masiva era algo gravísimo, que el difunto de Sadam no tenía, mientras que Pakistán, por ejemplo, bruñe sus bombas atómicas con el beneplácito internacional, a la espera de que la atrabiliaria política de la Casa Blanca lo convierta en enemigo en un futuro.

Mejor nos iría a todos si los esfuerzos por convencernos de que el hombre pisó la Luna se empleasen en conseguir que no vuelvan a engañarnos con patrañas. Y, menos, con el propósito de que nos postremos ante el ara de Marte. La del dios, claro, no la de ese planeta al que un día llegaremos, aunque no se lo crea nadie.