Desde que, en 476, fue depuesto Rómulo Augustulo el mundo no ha dejado de empeorar. Rendido nuestro Imperio a las hordas germánicas, la decadencia se instaló sin remedio, pese a cierta apariencia de progreso técnico y científico. Cierto que hoy surcamos el cielo en aviones o podemos poner a un hombre en la Luna, pero cuando los romanos hacían un acueducto en Segovia, éste perduraba durante siglos, mientras que cuando hoy hacemos un túnel del metro en Barcelona, media ciudad se viene abajo.
El Coliseum de Roma tal vez no podrá compararse con el estadio do Dragão o el Nou Camp, pero lleva en pie dos mil años, sin que, como Wembley o Heyssel, deba ser demolido por problemas de aluminosis o fatiga de los materiales. Estos toscos ejemplos demuestran que los romanos hacían las cosas mucho mejor que nosotros.
Buena prueba de ello la encontramos en Vigo, ciudad que durante el Imperio era una pequeña villa llamada, muy probablemente, Vicus Helleni. Aquellos vigueses romanizados se dedicaban al comercio y a la pesca, actividades que alimentaban una poderosa industria de la salazón que exportaba pescado a Lusitania y aun a la Bética.
Vestigios arqueológicos en el centro, ánforas descubiertas en la Ría y los tanques de salazón hallados en Alcabre y Mirambel, dan fe de aquel poderío .
Sin embargo, lo más asombroso de aquella época es el carácter visionario que tenía este pueblo. Capaces de leer el destino en el vuelo de los pájaros, asesorados por toda suerte de augures, los romanos lograban algo verdaderamente sorprendente: Sólo construían en terrenos que, dos mil años después, fueran a ser de propiedad pública.
Este fenómeno, no suficientemente estudiado, explica por qué las salinas, los tanques de conserva, los mosaicos y, en definitiva, casi todos los restos arqueológicos que hoy conocemos en Vigo hayan sido descubiertos en obras para administraciones públicas.
Así ocurre, por ejemplo, con la importante villa y fábrica de salazón hallada cuando se construía el centro de salud de Rosalía de Castro.
¿Por qué apareció ahí y, sin embargo, no se encontró un solo resto arqueológico en las obras del vecino aparcamiento subterráneo? ¿Por qué no se conoce una moneda, un ánfora, el resto de un muro, un castro encontrado en los muchos edificios de nueva planta de la zona? La respuesta es obvia: Los romanos ya sabían, cuando construían, qué terrenos iban a ser públicos en el futuro y, no queriendo comprometer a los promotores inmobiliarios, se cuidaban de levantar sus casas, monumentos o fábricas en fincas que, el día de mañana, fuesen urbanizaciones privadas.
Es así, también, cómo ha aparecido un completo poblado romanizado bajo el Museo del Mar, en Alcabre, y jamás se ha encontrado nada en las obras de los numerosos chalés privados contiguos a este edificio.
Sabiendo que la futura ley obligaría a los constructores a hacer catas arqueológicas o a parar sus obras para rescatar restos valiosos, los romanos elegían las fincas con esmero y sólo construían en solares que, en el futuro, fuesen colegios, centros de salud, museos o delegaciones de ministerios.
A la espera de que los ciéntíficos hagan un estudio más prolijo del fenómeno, quedamos de nuevo maravillados con el carácter visionario de nuestros antepasados.
A un tiempo, entendemos que los inspectores de Patrimonio ya debían conocer de antiguo esta curiosa cualidad de los romanos, habida cuenta de que nada despierta sus sospechas.
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