A riesgo de parecer inmodesto, confieso que soy fumador. Ya sé que no debe utilizarse un artículo para el autobombo, pero no me resisto a declarar que consumo más de dos cajetillas diarias.
Pueden llamarme vanidoso, pero les diré que no sólo tengo este buen hábito, sino que hay gente que, por halagarme, dicen que fumo como un carretero o me comparan con una chimenea. Intento yo no hacer caso de estos elogios, y hacer una vida normal, sin que se me suba a la cabeza mi tabaquismo.
Porque soy fumador y, desde que el Gobierno ha aprobado financiar la Sanidad subiendo los impuestos que gravan el tabaco, me siento un prócer, un filántropo, un fomentador.
Mucha gente, que antes despreciaba a los fumadores, los señala ahora por la calle: “Mira, Pepito, aquel señor que va por allí es un fumador”, le dice el padre a su hijo. El niño queda admirado.
Vas ahora fumando por la calle y te dan ganas de llevar sombrero de copa e ir saludando a los viandantes. ¡Cómo te miran! ¡Con qué agradecimiento! Bien saben ellos que nosotros, con nuestro hábito, estamos levantando el país.
Después de tantas persecuciones, es hora de presumir. Porque dan ganas de ir a los hospitales a chulear. Entras en el Xeral, fumando un puro, y te vas directamente a los operados de apendicitis. ¿Qué, le tratan bien, buen hombre?, le preguntarás al paciente, entre bocanada y bocanada. Porque sepa usted que, esa operación de usted, se la pago yo..., le insistirás. Al salir del cuarto, ordenarás al ATS: Que no le falte de nada a este señor...
En la puerta de visitas, te bastará ir fumando una faria para que te dejen entrar sin pase. Como si fueras donante de sangre. Adelante, adelante, está usted en su casa de usted, señor fumador, te dirá el celador. Y tú allí, echándole el humo en toda la cara, mientras los familiares de la sala de espera se te acercan: Gracias, gracias, señor fumador, lo que usted está haciendo por nosotros...
Ser fumador pronto habrá que reseñarlo en el curriculum. Y hacerse tarjetas de "Fumador empedernido", que ya es como tener un máster.
Le estamos pagando la Sanidad a todos los españoles y ha llegado la hora de enorgullecerse. Es por ello que no se entiende que el Gobierno haya prohibido fumar en los puestos de trabajo. ¿No se dan cuenta de que, con esas restricciones, podría ser que fumásemos menos? ¿Cómo, entonces, íbamos a poder financiar nuestro sistema público de salud?
Algunos tenemos que llevarnos deberes para casa y fumar de madrugada lo que no pudimos en el trabajo. Todo para que no le falte una operación de anginas o de varices a quienes las necesitan.
Creo yo que esta prohibición ha tenido que ser dictada por los típicos fumadores pasivos. Ya saben a qué me refiero... Esa gente insolidaria, que fuma, pero de gorra, sin pagar un duro, y no contribuye a financiar nuestro sistema estatal de salud. Por su culpa, muchos tenemos que fumar más del doble de lo que quisiéramos. De hecho, hay momentos en que yo, sin apetecerme, me fumo algún pitillo: "Este --digo-- para los fumadores pasivos".
Unos aprovechados son estos señores, que además aún se quejan... Si todos fuéramos como ellos, ¿quién iba a pagar la Sanidad?
¡Qué bonito es ser fumador pasivo y que toda esa gente fume para ti! Y, luego, aún querrán operarse de algo... Aunque por mí, que se operen. Los filántropos somos así.