17 sept 2007

El palleiro del espacio

El primer ser vivo que abandonó el planeta Tierra fue un “palleiro”. La pequeña Laika, que en ruso significa “ladrido”, callejeaba por las calles de Moscú en verano de 1957, cuando la recogieron unos científicos del centro espacial Koroliov. La perra abandonada, sin raza conocida, pasó de revolver en las basuras y correr tras los ladas oxidados a ser entrenada como la primera cosmonauta de la historia, en la Ciudad de las Estrellas de Baikonur.

Durante tres meses, Laika se sometió a electrodos y centrifugadoras y convivió con la ingravidez artificial sin entender nunca nada.

El 3 de noviembre de 1957, la montaron en el “Sputnik II” y, a la velocidad de escape, fue alzada al cosmos por un cohete. El satélite, el segundo de la historia, pasó medio año orbitando hasta que se desintegró contra la atmósfera. Pero “Laika” murió por la taquicardia provocada por el pánico sólo cinco horas después del lanzamiento. Había dado cuatro vueltas al planeta. Y su sarcófago tecnológico siguió dando otras 2.566 hasta su destrucción.

La noticia acaba de revelarla Dimitri Malashenkov, del Instituto para los Problemas Biológicos de Moscú. Hasta ahora, se creía que la palleira Laika había vivido diez días y que su muerte se debió a un gas letal que los samaritanos científicos soviéticos liberaron en la cápsula para ahorrarle sufrimientos.

Malashenkov participó en la organización de aquella misión y sólo ahora, casi medio siglo después, ha reconocido la verdad. En el Lindon B. Johnson Center de Houston, el científico ruso reconoció que aún tiene pesadillas con Laika. “A medida que pasa el tiempo, más me parece que no debimos haberlo hecho”, dijo a sus colegas de Estados Unidos hace unos meses.
En memoria del primer bicho espacial, Rusia inauguró hace dos años un monolito en Kaliningrado, junto a las estatuas de todos los héroes espaciales soviéticos. Los turistas ponen hoy flores sobre esta tumba virtual.

Después de tantos años, Laika recibe su homenaje. Y Malashenkov sigue soñando con la pobre perra.

Por eso, tal vez algún día habrá quien se arrepienta de todas las monstruosidades que los laboratorios cosméticos practican sobre cobayas y simios para probar nuevas cremas antiarrugas.

Puede ser ahora cuando lleguen también otros arrepentimientos. Como los de los responsables de circos y zoos, instituciones donde se enjaula a los animales y se les maltrata aún sín esta intención.

Mientras siga habiendo animales salvajes en cautividad en los parques zoológicos, seguiremos cometiendo un crimen. Esos leones tristes, esos tigres deprimidos y esos chimpancés locos tienen derecho a gozar de su planeta. Encerrarlos en un recinto es tan cruel como mandarlos al cielo en un Sputnik.

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