Las empresas de sondeos, entendidos como “de opinión”, y no los que realiza Pilotes Posada, están empeñadas en decirnos qué piensan los norteamericanos. Vivimos bombardeados por estadísticas sobre la posición de los yanquis ante guerras, conflictos y debates. La opinión del estadounidense se sondea minuciosamente y se nos sirve al mundo para que espejemos en ella nuestras propias ideas. Nadie sabe qué piensan los daneses o los filipinos, pero todos sabemos las creencias que cimentan la vida del último granjero de Arkansas.
Gracias a esta obsesión estadística, nos alarmamos de que los yanquis no sepan cuál es la capital de España. Cuando los españoles no sabemos en qué estado se enclava Nueva York, cuál es su capital, o qué significan las siglas D.C. que acompañan al nombre de Washington. La ignorancia de los demás da mucha risa, mientras la nuestra es siempre perdonable.
Una de las estadísticas más sorprendentes es la que dice que casi la mitad de los norteamericanos no cree en la evolución de las especies. Para ellos, las teorías de Darwin son puro cuento, al punto de que hasta los años setenta estaba vetada su enseñanza en la mayoría de las escuelas del Medio Oeste. Los americanos no creen en esto. En que el hombre venga del mono y, algunos, los sábados por la noche, incluso del anís del Mono.
Pero la última encuesta de los EEUU ha logrado movilizar hasta a la NASA. Buena parte de los americanos no se creen que el hombre haya pisado la Luna. Consideran el programa Apollo un montaje de la CIA. Y que el gran paso de Neil Amstrong fue grabado en un estudio de televisión.
Cierto que, aquí mismo, en Galicia, hay muchos abuelos que comparten esta teoría. Pero en Houston han decidido que tienen un problema. Y han encargado a reputados expertos que demuestren que la Luna ha sido ya pisada por el hombre, a la espera de que algún día la pise también la mujer. La cosa es pisar, como se observa, que es lo que es lo que nos gusta hacer cuando llegamos a nuevos territorios.
Lo curioso es que tanta gente no se crea que hemos llegado a la Luna y que fuesen tantos los convencidos de que Sadam Husein tenía armas de destrucción masiva. El tirano iraquí tenía un arsenal jamás visto, sin que nadie entre quienes inventaron tal patraña haya pagado con su cargo por mentir con resultado de guerra .
Tener armas de destrucción masiva era algo gravísimo, que el difunto de Sadam no tenía, mientras que Pakistán, por ejemplo, bruñe sus bombas atómicas con el beneplácito internacional, a la espera de que la atrabiliaria política de la Casa Blanca lo convierta en enemigo en un futuro.
Mejor nos iría a todos si los esfuerzos por convencernos de que el hombre pisó la Luna se empleasen en conseguir que no vuelvan a engañarnos con patrañas. Y, menos, con el propósito de que nos postremos ante el ara de Marte. La del dios, claro, no la de ese planeta al que un día llegaremos, aunque no se lo crea nadie.
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