Cuando el ser humano se sube a un coche experimenta el proceso inverso de la mariposa: se convierte en un capullo. Basta tomar el volante y meterse en el tráfico para que te conviertas en un energúmeno. Los niños, antes incluso de que sepan que los reyes son sus padres, saben que son unos maleducados. Tras tanto contener tacos y barbaridades en casa, los llevan un día en coche y descubren al animal que les dio la vida. Chavales he visto tapándole los oídos al Power Ranger mientras su progenitor insultaba a gritos al taxista de al lado. ¡Qué léxico! ¡Qué palabras! ¡Qué riqueza linguística descubre el niño en ese momento precioso en que su padre se convierte en un vulgar conductor!
Soy de los que cree que si Benedicto XVI va en “papamóvil” no es por comodidad, sino para preservar su santidad. Porque si, en lugar de ir en la urna de marras, se pusiese al volante, no tardaría cinco minutos en convertirse en un monstruo. “¡Berzotas! ¡Inútil! ¿Dónde compraste el carné; en una feria, gilipollas?”, diría el Papa con el brazo por la ventanilla, hecho un basilisco. Y, no. El Santo Padre no está para ir por ahí mentándole a la gente a la santa madre. Por eso lo llevan en escaparate, como a los maniquíes de El Corte Inglés. Para que no se sulfure.
Conducir cambia a la gente. Por mucho que BMW se empeñe en convertirlo en un placer, lo cierto es que es un peñazo.
Ponerse al volante, por muy bucólico que lo pinten, es un tedio insoportable. Elton John, por ejemplo, acaba de poner a la venta su gran colección de automóviles. Y, ante la foto de los modelos deslumbrantes, algunos amigos se ensoñaban con la posibilidad de conducir alguno. El Lamborghini, el Ferrari, el Chevrolet... pura vulgaridad, en mi opinión.
A mí, lo único que me interesaba de la estampa era el Rolls Royce, y no porque naciese para rico, siendo pobre. La ventaja del Rolls es que te llevan, que no lo conduces, que para eso ya está Basilio, James o Ambrosio, que además te saca el surtido de Ferrero Rocher.
Elton John colecciona coches pero no tiene carné de conducir. Eso, en mi opinión, es inteligencia. Ponerse al volante es una ordinariez. Que, además, nos vuelve ordinarios. Lo elegante, lo fino, es tener auriga, cochero o chófer. Así ha sido siempre y así seguirá siendo. Por mucho que BMW repita su pregunta: "¿Te gusta conducir? Pues la respuesta es no. Y no sólo por comodidad. Para que no se me agrie el carácter.
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