4 jul 2007

Ligar en la oficina



Un estudio de la Unión Europea proclama que ligar en el trabajo es sanísimo. Que las parejas que se forman en el ámbito laboral no sólo son más duraderas, sino que resultan más rentables al empresario. Que se compenetran —con perdón— mucho mejor. Y que, lejos de perseguir el ligue entre asalariados, las empresas deberían promoverlo, en su propio beneficio.
Estas brillantes conclusiones ya las había yo observado por mí mismo. Que era llegar chica nueva a la oficina y, aún no llamándose Farala ni ser divina, había compañeros que se mostraban inusualmente solícitos y trabajadores. Y frecuentaban más la máquina del café. Que los veías allí, con aquellos ojos de insomnio, esperando a la nueva y te daban hasta miedo. Y a Peláez, vamos a decir, que tanto le olían los pies, pues dejaban de olerle.
Personalmente, al ver a una compañera de trabajo veo sólo eso: una compañera de trabajo. No me la imagino en picardías. Pero, según el estudio de la Unión Europea, la mayoría de mis compañeros piensan en otra cosa. Que, si les piden un “Post it”, es que ya significa algo. Y no digamos un “tippex”, que hasta tiene nombre de marca de preservativos.
En mi candidez, a mí me ha llegado a decir alguna compañera si no notaba muy fuerte el aire acondicionado. Y yo, que no. Que no lo notaba nada fuerte. Y seguir a lo mío, que para eso me pagan. A lo que enseguida llegaba el compañero de turno: “¡Ahí va, lo que te ha dicho la Farala!” Y tú, allí, ajeno a aquellas rijosidades. Aburrido, incluso, cuando tus compañeros es que están viviendo una telenovela.
Claro que, si las relaciones en el trabajo son buenas para la gente y para la empresa, yo no tengo nada en contra. Ahora que, como la cosa dure, y la gente tenga hijos, debe ser terrible. Por los hijos. Los grandes damnificados. Que desde el desayuno, con los Krispis, se tienen que comer el rollo de la empresa. Y que los niños se acaban sabiendo de memoria los nombres de todos los jefes de sus padres, como si fuese la lista de los Reyes Godos.
A los hijos de pareja de funcionarios, en lugar de salir a jugar al parque, les dan ganas de cogerse un moscoso. Que se acaban sabiendo de memoria toda la legislación. Y, en el colegio, además, tienen que aguantar los chistes, como el de la panadería: “Deme una barra de pan y un funcionario”... “Ya le he dicho, señora, que se llaman baguetes”.
Un trauma es para los niños lo de los padres que son compañeros de trabajo. Y peor aún en la edad en la que empiezan a hacer preguntas. ¿Y vosotros, cómo os conocisteis? Y, claro, ¿quién le va a contar lo de la cena de Navidad aquella, y el coche con los vidrios empañados? Porque las parejas de trabajo todas empiezan en una cena de Navidad contándose chistes del jefe y terminan en un coche con los cristales empañados. Y esto está demostrado, aunque no sea por la Unión Europea.
En todo caso, a mí me da que las parejas de trabajo esconden cierta vagancia. Que, por no andar por ahí, hay quien acaba saliendo con la impresora. Sobre todo con las de chorro, que son muy fogosas.

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