La astrobiología, esa ciencia dedicada a buscar vida en el cosmos, proclama que el mejor indicador para determinar que hay vida inteligente en otro planeta es la emisión de basura. El genial Arthur C. Clarke, autor de “El centinela”, la obra que inspiró a Kubrick su “2001, Una odisea espacial”, iba más allá y proponía buscar planetas con un anillo orbital de desperdicios. Nada probaría mejor que en ese mundo se ha despertado la consciencia, una rareza biológica que es el paso previo a la inteligencia.
La Tierra, por lo visto, ha entrado ya en ese selecto club de planetas que cuentan con una buena costra de basura girando en torno a su atmósfera. Desde lejanas esferas, a millones de años luz, científicos alienígenas fijarán en sus telescopios sus ojos compuestos y constatarán que ese punto azul ha logrado ya el alto grado de progreso que permite cubrirse de mierda.
Con técnicas de radioespectografía, comprobarán que ya tenemos incluso agujero en la capa de ozono y que, entre todo el anillo de detritus, hay un punto más gordo que podría ser una estación orbital.
La calidad de la basura, por paradójico que parezca, es la señal de nuestro progreso. Un pueblo capaz de lanzar morralla al espacio es digno de toda admiración.
En realidad, para llegar a cualquier conocimiento, siempre revolvimos en la basura. Bajamos en Atapuerca a los pudrideros donde nuestros ancestros arrojaban a sus muertos. Hozamos en las Cíes en los yacimientos de conchas del paleolítico, que no eran sino los vertederos donde los hombres primitivos echaban la basura tras sus antediluvianas mariscadas.
De los animales, seguimos su rastro por las heces. Y, hasta ayer, la Medicina consistía más en leer los orinales que en cualquier otra forma de diagnóstico.
Por encima de la rueda y del fuego, la grandeza del ser humano está en la invención de la basura. Por eso en los países más atrasados apenas la producen, de forma que lo reciclan todo. Los niños que viven en los vertederos de Río no sólo son un indicador de miseria, sino que, eliminando basura, encarnan y amplifican la miseria misma.
Cuanto más basura produce una casa, más rica es. Las bolsas de los pobres huelen a plásticos de paquetes de salchichas. Mientras las de los ricos apestan a conchas de cigalas, patas de nécoras y cabezas de lubina.
Los jóvenes producen mucha más basura que los mayores. La viejecilla frente al contenedor siempre lleva una bolsita minúscula.
No es raro, pues, que Estados Unidos se niegue a firmar el protocolo de Kioto. Una gran potencia está obligada a demostarle al mundo no sólo que puede invadir cualquier país o que cuenta con la economía más poderosa, sino sobre todo que es capaz de producir mayor basura. Contaminar es una muestra de poder y de riqueza.
A tal punto es importante la basura, que los pobres se ven obligados a buscarla en la calle. Y revuelven los contenedores y papeleras, para tener sus propios desperdicios.
Este es el mundo en que vivimos. Por muchos humos que nos demos, somos pura basura.
2 comentarios:
que pena que no escribas para todo el mundo este esmu bueno.
el anonimo anterior, parece gruppie .......
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